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En qué te pareces a los árboles

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Imagina un día de fuerte viento. Hay un árbol en medio de un prado. Vientos de varios kilómetros por hora azotan su fino tronco, que se balancea de lado a lado. La copa agita sus ramas. Nunca en ese prado había silbado tan fuerte el viento. No obstante, el árbol consigue aguantar de pie hasta el final de la tormenta. ¿Sabes por qué? Por las raíces. Las raíces lo sostienen y sujetan a la tierra; crean una base sólida sobre la que aposentarse.

De la misma manera que un árbol, nosotras también necesitamos estar arraigadas a la tierra.

Estar arraigada a la tierra es estar presente en nuestra realidad, siendo conscientes de quiénes somos, dónde estamos, con qué recursos contamos y con qué personas nos relacionamos. Es lo que popularmente se conoce como “tener los pies en la tierra.”

Estar arraigada es vivir más en el cuerpo que en la mente. Es vivir siguiendo lo que nuestro cuerpo siente y, por lo tanto, es dejar de dudar constantemente. Cuando estamos arraigadas, es mucho más fácil no caer en los pensamientos repetitivos y obsesivos que a veces nos inundan.

Para conseguirlo, es esencial estar conectada a las sensaciones que nos llegan de los pies y las piernas. Se trata de andar y moverse sintiendo el contacto de los pies con el suelo, sentir que nuestras piernas se sostienen y que, gracias a ellas, no nos caeremos. Cuando experimentamos ese sostén, podemos dejar que nuestro cuerpo caiga sobre la mitad inferior del cuerpo. Solo así evitamos tensar la espalda, las cervicales, el vientre u otras partes.

Si somos capaces de mantener nuestro peso sobre las piernas, crece en nosotras la sensación de seguridad y tranquilidad. Porque cuanto mayor sea la fuerza de arraigo que tengamos, mayor será la capacidad de gestionar las situaciones de estrés. Seremos capaces de vivirlas en el momento sin acumular más tensión de la necesaria y podremos salir de ellas de una forma más eficaz. Por ejemplo, si nos discutimos con nuestra pareja, nos será más fácil recuperarnos una vez haya pasado el mal rato.

El arraigo a la tierra se puede trabajar con ejercicios corporales. La próxima semana publicaré un vídeo con el ejercicio básico para entrenarlo (Apúntate a la lista si quieres ser la primera en recibirlo). Mientras, puedes hacer un pequeño experimento en tu casa para comprobar la calidad de tu arraigo:

Ponte de pie frente a un espejo. Fíjate en tus rodillas. ¿Cómo están? ¿Las tienes rectas, ligeramente flexionadas o muy dobladas? Su posición ideal es que estén ligeramente flexionadas, como si fueran dos amortiguadores. Si las tienes totalmente rectas, significa que las tienes rígidas y, por lo tanto, siguiendo el símil con el árbol, podrías “romperte” ante una sobrecarga de energía (un cliente enfadado o una discusión con tu pareja). Si las tienes muy dobladas, tus piernas están sobrecargadas de tensión, de forma que no puedes sentir sus sensaciones de forma natural. Lo bueno es encontrar el punto medio, ni muy rectas ni muy dobladas.

Tenemos mucho que aprender de los árboles. Ellos no luchan contra el temporal que los agita. Al contrario, se dejan mecer porque están bien asegurados en sus raíces. De la misma manera, nosotras seremos capaces de gestionar las situaciones estresantes o las emociones fuertes en la medida que estemos conectadas con nuestros pies y piernas, pues ellos nos ofrecen la seguridad de estar sobre el suelo que nos aguanta.

Y tú, ¿crees que tienes los pies en el suelo? ¿O bien te dejas llevar fácilmente por las ensoñaciones? ¿Crees que te vendría bien sentir esa seguridad y confianza que el estar arraigada puede ofrecerte? ¿Cómo están tus rodillas? Dime, me encantará leer tus comentarios.

Foto: Sean Brown para Unsplash.

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La Autora

Aceptar y entender tus emociones es aceptarte y entenderte a ti misma.

Valora si este también es tu camino con 1 ejercicio de terapia corporal para conectar con tus sentimientos.

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5 comentarios en «En qué te pareces a los árboles»

  1. Es difícil cuándo sabes que tu dosha o constitución es aire! Con el tiempo me he dado cuenta de lo bien que me va la meditación y vivir todo lo que pueda conectada a la sensaciones (desde el calor del agua en la ducha, ppr ejemplo), pero como literalmente, tengo la cabeza en las nubes, hasta de eso me olvido.
    Suerte de tus escritos, que llegan: “toc, toc, como de conectada estás hoy?”
    Espero ese video! 🙂

    Responder
    • Gracias, Amanda por el mensaje! Vivir conectada con el cuerpo es algo que se aprende paso a paso. Y el primer paso es, como tú haces, darte cuenta de lo mucho que vivimos en la cabeza. Un abrazo!

      Responder
  2. Que bonito post Nuria!
    Hace poco leí sobre este tema, y la chica que escribía el post (que es una profesora de yoga) recomendaba entrenar la postura del árbol en yoga para arraigarnos, sentirnos firmes, más seguros frente a los malos momentos de la vida. Sin duda deberíamos aprender un montón de los arboles!
    Con ganas estoy de ver el video!

    🙂

    Responder
  3. ¿En qué me parezco a los árboles? En sus ramas levantadas al cielo, adorando al Creador de este vasto universo que tanto nos maravilla. Me encanta verme y sentirme así 🙂
    Muy interesante tu blog y la invitación a no luchar contra el temporal que nos agita… Firmemente arraigos en Él (Cristo), edificados, instruidos, rebosando de gratitud.

    Responder

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